Cuando hablamos de salud solemos pensar en alimentación, ejercicio, descanso, estrés, relaciones sociales o predisposición genética. Sin embargo, existe otro factor que nos acompaña durante buena parte de nuestra vida y que no siempre incorporamos con suficiente profundidad a la valoración de una persona: el entorno que habitamos.
Dormimos, comemos, trabajamos, descansamos y nos recuperamos dentro de espacios cerrados. La calidad del aire interior, los materiales de construcción y sus emisiones, la iluminación, la acústica, la temperatura y la humedad o las exposiciones ambientales forman parte de las condiciones a las que nuestro organismo está expuesto cada día.
En este contexto surge el concepto de arquitectura saludable, un enfoque que busca analizar cómo las características de los espacios construidos pueden influir en la salud y el bienestar de las personas. No se trata únicamente de diseñar edificios más confortables, sino de comprender el entorno como un elemento más dentro de una visión integral de la salud.
Por eso, cuando valoramos el estado de salud de una persona, también resulta pertinente preguntarnos: ¿dónde vive, dónde trabaja y a qué exposiciones ambientales está sometida cada día?
Del genoma al exposoma: El impacto ambiental en la salud
El concepto de exposoma amplía la mirada sobre los determinantes de la salud. Hace referencia al conjunto de exposiciones ambientales que experimentamos a lo largo de la vida y a su interacción con nuestra biología. Una parte del exposoma son las pautas de vida, y otra muy importante el entorno físico en el que vivimos. Como en nuestra sociedad pasamos más del 90% del tiempo en espacios cerrados, las características ambientales de los edificios acaban siendo determinantes de salud.
Desde esta perspectiva, la arquitectura puede entenderse como una parte del exposoma. Las decisiones de diseño, construcción, rehabilitación, mantenimiento y uso de un edificio modifican las condiciones ambientales a las que se exponen sus ocupantes.
¿Qué entendemos por arquitectura saludable?
La arquitectura saludable busca diseñar, evaluar y transformar los espacios construidos teniendo en cuenta su impacto sobre la salud de las personas. No consiste únicamente en disponer de buena iluminación natural, utilizar materiales considerados ecológicos o introducir vegetación en los interiores. Requiere una aproximación mucho más sistémica.
Para estudiar el entorno construido podemos organizar las exposiciones en cuatro grandes grupos: químicas, físicas, biológicas y psicosociales. Esta clasificación permite analizar variables diferentes de manera específica para después integrarlas en una valoración global del espacio.
Exposiciones químicas
Dentro de una vivienda podemos encontrar numerosos compuestos procedentes de los materiales de construcción, mobiliario, pinturas, adhesivos, productos de limpieza, ambientadores o procesos de combustión.
Entre ellos encontramos:
- compuestos orgánicos volátiles, como el formaldehído. Principalmente se emiten del mobiliario, materiales de construcción y también productos de limpieza o higiene
- compuestos semivolátiles y persistentes; como los retardantes de llama, biocidas o PFAS, contenidos en materiales de construcción que van emitiendo al interior durante toda su vida útil
- plastificantes y otras sustancias bioacumulativas y con capacidad disruptora endocrina
- materia particulada, monóxido de carbono y otros gases derivados de la combustión
- Metales pesados como plomo, cromo, mercurio… presentes tanto en materiales de construcción como de instalaciones
La exposición no depende solamente de la presencia de una sustancia, sino también de su concentración, duración, combinación con otras sustancias, características del espacio y susceptibilidad individual. Por este motivo, hablar de salud ambiental exige evitar explicaciones excesivamente simples de causa-efecto. El exposoma precisamente nos invita a considerar la suma de exposiciones y su evolución a lo largo del tiempo.
Todas estas exposiciones químicas se pueden medir y, lo más importante, se pueden controlar y reducir a través del diseño, especialmente de los materiales de acabado superficial y su interacción con los sistemas de instalaciones. También es importante acompañar el diseño con unas pautas de vida coherentes.
Exposiciones físicas
Nuestro organismo responde continuamente a las condiciones físicas del entorno. La temperatura y la humedad influyen en procesos fisiológicos y, además, condicionan la aparición de otros problemas, como las humedades y el crecimiento microbiológico. La regulación higrotérmica se puede conseguir a través de la bioclimática y la física de la construcción, es decir, la elección adecuada de materiales que por su propia naturaleza ayudan a regular la temperatura y la humedad.
La luz constituye otro buen ejemplo. La cantidad, intensidad, espectro y momento de exposición intervienen en la regulación de nuestros ritmos circadianos. Por eso es clave diseñar una iluminación cronobiológica alineada con nuestro sistema endocrino.
También podemos controlar el ruido, las vibraciones y la calidad acústica del espacio, ya que la contaminación acústica es un catalizador de problemas cardiovasculares y también del sistema nervioso, afectando al descanso y la concentración.
Las radiaciones ionizantes, como el radón o las emisiones radioactivas de diversos materiales también se deben reducir. Asimismo, las emisiones de los campos electromagnéticos derivados de las instalaciones eléctricas y de telecomunicaciones también deben ser consideradas. Una parte de la comunidad científica llama a reducir su exposición, y a través del diseño podemos controlar esas inmisiones que afectan también al intercambio celular y tienen consecuencias multisistémicas.
La OMS, en su última revisión sistémica en la que analiza vivienda y salud, incluye precisamente muchos de estos factores.
Exposiciones biológicas
Una vivienda es también un ecosistema. Hongos, bacterias, virus, ácaros, alérgenos y otros agentes biológicos conviven con nosotros, pero pueden aumentar su concentración cuando existen problemas de humedad, condensaciones, filtraciones o una ventilación insuficiente.
Un exceso de estas sustancias se relaciona con síntomas y enfermedades respiratorias e inmunes. Por eso su presencia no debería abordarse únicamente como un problema estético: es necesario comprender y corregir la causa constructiva o ambiental que los está favoreciendo porque tiene impactos en la salud pública.
Exposiciones psicosociales
El impacto del espacio sobre la salud tampoco termina en lo que podemos detectar con un instrumento.
La percepción de seguridad, la privacidad, el hacinamiento, la posibilidad de descansar, la relación con otras personas, la accesibilidad motriz y cognitiva, el contacto con la naturaleza, la distribución del espacio o la sensación de control sobre el propio entorno también condicionan nuestro bienestar.
La arquitectura saludable incorpora por ello aspectos procedentes de disciplinas como la neurociencia, la psicología ambiental, la accesibilidad o la biofilia. Estos aspectos son especialmente relevantes en personas con trastornos cognitivos.
¿Puede la vivienda formar parte de la anamnesis?
Para los profesionales sanitarios, probablemente este sea uno de los puntos más interesantes. En una aproximación clínica integradora, la historia del paciente puede enriquecerse incorporando preguntas relacionadas con su entorno.
En pacientes con problemas complejos, crónicos o multifactoriales, especialmente en casos de fribromialgia, fatiga crónica u otros síndromes de sensibilización central, incorporar la dimensión ambiental permite ampliar la mirada y detectar exposiciones que de otro modo podrían pasar inadvertidas. Y ahí es donde confluye la arquitectura, la medicina ambiental y las ciencias de la salud.
¿Qué podemos medir en una vivienda?
Una de las ventajas del análisis ambiental de los edificios es que muchas de estas variables pueden evaluarse objetivamente. Podemos medir temperatura y humedad relativa; concentraciones de CO₂ como indicador de ventilación; partículas; compuestos orgánicos volátiles; formaldehído; radón; iluminación; ruido; campos eléctricos, magnéticos y electromagnéticos, entre otras variables.
También se pueden inspeccionar los sistemas constructivos, estudiar las patologías de humedad, revisar materiales, evaluar ventilación y analizar los hábitos de uso del espacio. No todos los edificios presentan los mismos problemas ni todas las personas tienen las mismas necesidades. De ahí la importancia de evitar soluciones universales y partir de un diagnóstico específico.
La arquitectura saludable comienza, por tanto, con algo muy parecido al procedimiento clínico: observar, preguntar, medir, diagnosticar y actuar.
Medicina ambiental y arquitectura: la vivienda como parte del diagnóstico
Una de las ventajas del análisis ambiental de los edificios es que muchas de estas variables pueden evaluarse objetivamente. Podemos medir temperatura y humedad relativa; concentraciones de CO₂ como indicador de ventilación; partículas; compuestos orgánicos volátiles; formaldehído; radón; iluminación; ruido; campos eléctricos, magnéticos y electromagnéticos, entre otras variables.
También se pueden inspeccionar los sistemas constructivos, estudiar las patologías de humedad, revisar materiales, evaluar ventilación y analizar los hábitos de uso del espacio. No todos los edificios presentan los mismos problemas ni todas las personas tienen las mismas necesidades. De ahí la importancia de evitar soluciones universales y partir de un diagnóstico específico.
La arquitectura saludable comienza, por tanto, con algo muy parecido al procedimiento clínico: observar, preguntar, medir, diagnosticar y actuar.
¿Cómo hacer una vivienda más saludable?
No existe una única solución para conseguir una vivienda saludable. Las medidas más adecuadas dependerán de las características del edificio, de sus sistemas constructivos y de las necesidades de las personas que lo habitan. Por eso, antes de intervenir, es importante observar, evaluar y, cuando sea necesario, medir las condiciones ambientales del espacio.
Algunas actuaciones pueden ser sencillas y formar parte de los hábitos cotidianos:
Mejorar la ventilación
Especialmente en dormitorios, cocinas y baños, para favorecer una adecuada renovación del aire interior
Controlar la humedad y la temperatura
Evitando condensaciones, filtraciones y condiciones que favorezcan el crecimiento de hongos y otros agentes biológicos.
Revisar los materiales y productos utilizados en el interior
Priorizando aquellos con menores emisiones y reduciendo, cuando sea posible, fuentes innecesarias de compuestos químicos.
Cuidar la iluminación
Aprovechando la luz natural y adaptando la iluminación artificial a los diferentes momentos del día para favorecer unos ritmos circadianos adecuados.
Reducir el ruido y mejorar el confort acústico
Especialmente en los espacios destinados al descanso.
Revisar los sistemas de climatización y ventilación
Así como su mantenimiento y correcto funcionamiento.
Evaluar otras posibles exposiciones ambientales
Como el radón, las partículas, los compuestos orgánicos volátiles o los campos electromagnéticos, cuando las características del espacio o de la persona lo hagan necesario.
Prestar especial atención al dormitorio
Ya que las condiciones ambientales durante el descanso pueden influir en la calidad del sueño y en los procesos de recuperación.
En algunos casos, estas medidas serán suficientes. En otros, será necesario realizar una evaluación ambiental más completa o intervenir sobre elementos constructivos o instalaciones. La arquitectura saludable no consiste en aplicar las mismas soluciones a todas las viviendas, sino en identificar qué factores pueden mejorarse en cada espacio y actuar sobre ellos de forma proporcionada.
¿Cómo hacer una vivienda más saludable?
¿Qué es la arquitectura saludable?
La arquitectura saludable es un enfoque que tiene en cuenta cómo las características de los espacios construidos pueden influir en la salud y el bienestar de las personas. Considera factores químicos, físicos, biológicos y psicosociales presentes en el entorno.
¿Qué relación existe entre arquitectura saludable y medicina ambiental?
Ambas disciplinas comparten una visión de la salud que tiene en cuenta las exposiciones ambientales. La medicina ambiental analiza cómo determinados factores del entorno pueden relacionarse con la salud, mientras que la arquitectura saludable permite identificar y modificar algunas de esas condiciones dentro de los espacios construidos.
¿Qué factores de una vivienda pueden influir en la salud?
Entre los principales factores se encuentran la calidad del aire interior, la ventilación, la humedad, la temperatura, la iluminación, el ruido, los materiales de construcción, determinados contaminantes químicos, los agentes biológicos y otras exposiciones ambientales.
¿Cómo se puede saber si una vivienda es saludable?
No existe una única prueba que determine si una vivienda es saludable. Es posible evaluar diferentes variables ambientales, como temperatura, humedad, CO₂, partículas, compuestos orgánicos volátiles, formaldehído, radón, iluminación, ruido o determinados campos electromagnéticos, además de revisar los sistemas constructivos, las instalaciones y los hábitos de uso del espacio.
¿Por qué es especialmente importante el dormitorio?
El dormitorio es uno de los espacios en los que pasamos más tiempo de forma continuada y está directamente relacionado con el descanso. Por ello, sus condiciones ambientales como la ventilación, la temperatura, la humedad, la iluminación y el ruido, merecen una atención especial dentro de la evaluación de una vivienda.
¿Una vivienda saludable evita que enfermemos?
No. Una vivienda saludable no garantiza que una persona no enferme ni permite atribuir una enfermedad compleja a una única exposición ambiental. El objetivo es identificar y reducir, cuando sea posible, factores del entorno que puedan representar una carga adicional para el organismo y favorecer unas condiciones ambientales adecuadas.